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La Atadura de Muerte y Otros Cuentos
de Katharine Tynan
Este volumen recoge diez relatos sobrenaturales.
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Oscar Pons el 31 de agosto de 2026 opina:
La Biblioteca de Carfax lleva tiempo recuperando rincones poco transitados del terror clásico anglosajón, y con este volumen rescata a una autora que publicó más de un centenar de novelas y que hoy apenas sobrevive como nombre secundario en las biografías de Yeats. No deja de ser una ironía: la amiga a la que el gran poeta escribía y aconsejaba ha tenido que esperar más de un siglo para que alguien volviera a reunir sus fantasmas.
Katharine Tynan (Clondalkin, Dublín, 1859 - Wimbledon, 1931) fue una de las escritoras más prolíficas de la Irlanda de su tiempo. Publicó alrededor de cien novelas, varios libros de relatos y poesía, además de unas memorias, Twenty-five Years (1913), muy útiles para conocer el Celtic Revival. Formó parte del ambiente del Crepúsculo Celta, las Twenty-one Poems aparecieron en 1907 en la Dun Emer Press de las hermanas Yeats, y fue católica devota y nacionalista convencida. En 1893 se casó con el escritor y abogado Henry Albert Hinkson, y durante buena parte de su carrera firmó como Katharine Tynan Hinkson. Sus relatos sobrenaturales aparecieron originalmente en revistas y quedaron dispersos durante décadas, hasta que Peter Bell los reunió en The Death Spancel and Others (Swan River Press, 2020). La edición española parte en buena medida de aquella recuperación. La presente edición se compone de diez relatos escritos entre 1895 y 1913 en los que conviven la Irlanda rural de Achill y los salones de la sociedad eduardiana. Hay maldiciones, cadáveres, apariciones, premoniciones y criaturas que salen de las tumbas, pero Tynan no busca siempre el susto. A menudo sus fantasmas vienen a consolar, advertir o acompañar a los vivos. El pequeño fantasma (The Little Ghost, 1913): En el que el fantasma es un niño y el miedo deja paso a una ternura melancólica. Tynan vuelve sobre un tema que ya había tratado en un poema homónimo: el muerto que permanece porque nadie está preparado para dejarlo marchar. Es una buena puerta de entrada al libro, porque deja claro que aquí lo sobrenatural sirve muchas veces para hablar del duelo. Es también el relato más suave de la selección. Los muertos del mar (The Sea's Dead, 1896): En el que una viuda, de cabellos plateados y ojos extrañamente pálidos, yace velada en su cabaña de Achill hasta que el mar, que ya se llevó a su marido, entra por la puerta para reclamar también su cuerpo. Para mí, la pieza más lograda del volumen. Tynan describe el velatorio con mucho detalle, las velas, las monedas sobre los párpados, el tabaco y el poteen, antes de dejar entrar el mar de golpe. El final, con el espacio vacío junto a la tumba del marido, es de una belleza bastante triste. La casa soñada (The House of a Dream, 1913): En el que una casa que aparece primero en sueños acaba materializándose en la realidad, aunque la aparición no resulta ser exactamente lo que se esperaba. Es más un relato de atmósfera y elementos psíquicos que de terror propiamente dicho, muy en la línea de la narrativa sobrenatural eduardiana. Tynan reutiliza aquí ideas que ya había empleado en otro cuento, pero lo interesante no está tanto en el mecanismo como en esa sensación de habitar un lugar que, de algún modo, ya se conocía. Una sentencia de muerte (A Sentence of Death, 1908): En el que una joven ve detenerse ante la casa una carroza fúnebre tirada por cuatro caballos negros y escucha al cochero decirle que hay sitio para una más. Al día siguiente no ha muerto nadie y nadie vio la carroza. La semejanza con The Bus Conductor, de E.F. Benson, es evidente, aunque Tynan lleva la historia por otro camino: le interesa menos el golpe final que el miedo de la protagonista ante la posibilidad de que aquella visión sea un aviso. El recurso es clásico, pero la ansiedad que genera está bien llevada. La atadura de muerte (The Death Spancel, 1896): En el que Mauryeen la Oscura profana una tumba para arrancar del cadáver una tira de piel con la que pretende atar para siempre el amor de sir Robert Molyneux, prometido a lady Eva. Es el relato que da título al libro y uno de los más oscuros. La imagen de esa piel utilizada como amuleto y colgada en la capilla de Aughagree tiene algo particularmente desagradable. Y la escena del carruaje, con Molyneux completamente sometido por el hechizo, es probablemente la mejor del volumen. Tynan podía ser mucho más siniestra de lo que su reputación de escritora amable hace pensar. El cuadro en la pared (The Picture on the Wall, 1895): En el que Millicent Grey presenta por fin a su enamorado Geoffrey Annesley ante su familia y el joven acaba alojado en una habitación donde cuelga el retrato de un antepasado demente. Todo parece conducir hacia la típica mansión encantada, pero el cuento juega precisamente con esa expectativa. Hay una revelación final que obliga a mirar de otra manera todo lo ocurrido antes. Es uno de los relatos que mejor maneja el engaño al lector. Los fantasmas (The Ghosts, 1907): En el que el ferrocarril llega por fin a una comunidad irlandesa remota y la narradora descubre que sus fantasmas le resultan bastante menos inquietantes que algunos de los vivos. Es el más breve y quizá el más extraño del conjunto. Empieza como una pequeña crónica sobre la llegada de la modernidad y termina desplazándose hacia algo más incómodo: la amenaza no siempre procede de los muertos. Ahí aparece también una de las preocupaciones habituales de Tynan: las mujeres atrapadas en situaciones de las que resulta difícil escapar. Una novia del más allá (A Bride from the Dead, 1910): En el que un joven vuelve de madrugada de una fiesta y sube a un coche de alquiler en el que viaja una misteriosa muchacha aparentemente dormida. Estamos en el Dublín de los cementerios profanados y cadáveres que desaparecen, pero Tynan termina llevando la historia hacia el terreno del romance. La pirueta resulta simpática, aunque también deja ver su tendencia a ofrecer desenlaces domésticos y tranquilizadores. Un combate (A Wrestling, 1896): En el que Mike Sheehan, un gigante de casi dos metros, baja a medianoche al cementerio de Kilbride para enfrentarse al cadáver de Jack Kinsella, su eterno rival en la lucha. La pelea entre Mike y el muerto, rodeados de espectadores espectrales, tiene algo de épica grotesca y de cuento popular. Y el desenlace, con Mike preocupado por haber ganado de una manera poco limpia, resulta absurdamente entrañable. Es difícil no cogerle cariño a ese pundonor deportivo llevado hasta la tumba. Una noche en la catedral (A Night in the Cathedral, 1910): En el que un joven oficial queda encerrado durante la noche en una catedral y descubre que la crecida ha hecho subir desde las catacumbas a las ratas de las alcantarillas. Aquí no hacen falta fantasmas: basta un hombre solo, un templo enorme y oscuro y el sonido cada vez más cercano de uñas y dientes. Es el relato más abiertamente terrorífico de la selección y probablemente el más efectivo en ese sentido. Lástima de un final demasiado amable, que rebaja un poco la tensión conseguida. Lo que queda al terminar no es tanto el miedo como un paisaje: turberas, salitre, tumbas recientes y una Irlanda donde el catolicismo convive con supersticiones mucho más antiguas. Tynan no es Le Fanu, ni pretende serlo. Sus fantasmas suelen tener las manos más limpias y el corazón más tierno. Pero cuando decide ensuciárselas, una ola entrando en un velatorio, una tira de piel arrancada de un cadáver, sabe hacerlo con bastante contundencia. Y quizá ahí esté el interés de esta recuperación. No estamos ante una autora secreta que de pronto resulte ser una maestra olvidada del género, sino ante una escritora muy prolífica, irregular y a menudo convencional que, de vez en cuando, encuentra una imagen, una atmósfera o un miedo que siguen funcionando estupendamente. |
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