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Horrores Invisibles
de Gertrude Barrows Bennett> Otras colecciones / editoriales > Otros
La magnitud del legado de Gertrude Barrows trasciende a su brevedad debido al impacto que ha tenido en el género de la literatura fantástica y de terror: Si el Frankenstein de Shelley puso los cimientos de la ciencia ficción como género moderno, Gertrude Barrows es reconocida hoy en día como la inventora de la fantasía oscura. Innovadora y poseedora de una originalidad sin límites, esta extraordinaria narradora fue la primera mujer en firmar con su nombre real en una revista pulp (Argosy, 1904) antes de adoptar el seudónimo de Francis Stevens, bajo el que publicó sus obras más destacadas. Es manifiesta su influencia en autores como A. Merritt y H. P. Lovecraft.
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Oscar Pons el 11 de mayo de 2026 opina:
Minneápolis, 1884. Una chica trabaja como taquígrafa en unos grandes almacenes y por las noches estudia para ser ilustradora. Ese proyecto no cuajará nunca, pero a los diecisiete años manda un relato a Argosy y lo publican. Lo firma como G.M. Barrows: las iniciales bastan para disimular que es mujer sin llegar a mentir con el nombre.
Lo que viene después es una vida dura. Se casa en 1909 con Stewart Bennett, periodista y explorador británico. Un año más tarde, él muere en una expedición en los cayos de Florida. Ella se queda en Filadelfia, con una hija pequeña y una madre enferma a su cargo. Escribe cuando puede, que es básicamente cuando no puede hacer otra cosa. Entre 1917 y 1923 produce cinco novelas y siete relatos bajo el seudónimo de Francis Stevens, nombre masculino que no fue ella quien eligió: su editor, Robert H. Davis, lo impuso pese a que ella había pedido el femenino Jean Vail. Cuando su madre muere, la producción se espacia. En 1923 publica por última vez. Luego, silencio. Muere en 1948 y su identidad real no se desvela hasta 1952. Se la llama hoy con cierta insistencia académica "la inventora de la fantasía oscura". Es una etiqueta que no a todo el mundo convence. Lo que no se discute es que fue la primera escritora estadounidense en publicar ciencia ficción con su nombre real, y que su influencia sobre los autores de las décadas siguientes es tan palpable como poco reconocida. En cuanto a Lovecraft, los vínculos documentados son más tenues de lo que suele afirmarse: no hay evidencia de que lo leyera, aunque el parentesco estilístico y temático resulte a veces llamativo. El volumen de Aristas Martínez recoge dos textos de 1919 hasta ahora inéditos en español, precedidos de un prólogo del traductor Luis Gámez. "Horrores invisibles" (Unseen-Unfeared) arranca como una historia de investigación criminal en el sur de Filadelfia. El narrador, un tal Blaisdell, cena con su amigo el detective Mark Jenkins, que le habla de un caso de envenenamiento relacionado con un científico excéntrico del barrio, el doctor Frederick Holt. Al regresar a casa, Blaisdell atraviesa las calles del vecindario y algo le ocurre: empieza a percibir los rostros de los transeúntes -italianos, judíos, negros- como expresiones de maldad pura y concentrada. Es una xenofobia repentina que él mismo identifica como extraña, porque no es así como piensa habitualmente. Esa disonancia lo lleva a entrar en el local que anuncia "Vea lo nunca visto", donde encuentra a un anciano de cabello blanco y ojos negros que le muestra, mediante una membrana de origen vegetal sudamericano insertada en una lámpara de luz verde, criaturas hasta entonces invisibles al ojo humano: entidades que pueblan el aire a nuestro alrededor, generadas -según el científico- por el odio, el miedo y los instintos más bajos de la raza humana. Bennett deja la resolución abierta, y es la decisión más inteligente que toma en el relato. "La trampa de los elfos" (The Elf-Trap) tiene un tono diferente. El relato llega enmarcado: un especialista en enfermedades nerviosas le refiere al narrador el caso de Theron Tademus, profesor de biología en una universidad no identificada, hombre de treinta y siete años, frío y entregado en exclusiva a la ciencia. Su médico y amigo, el doctor Locke, le prescribe dos meses de reposo en las montañas Blue Ridge de Carolina del Norte, en un bungalow propio cerca de una pequeña colonia de artistas llamada Carcasona. Tademus acepta con aparente docilidad, pide su microscopio a la semana de llegar, desaparece durante siete días sin dejar rastro y reaparece perfectamente vestido, con leves manchas de hierba en los zapatos y sin querer explicar nada. Regresa a la universidad en otoño. Y muere al entrar al aula para dar su primera clase. Lo que vivió durante esa semana está en un cuaderno rojo que su ayudante Wharton encuentra entre sus papeles, y cuya lectura en voz alta, junto al doctor Locke, constituye el núcleo del relato. El diario revela que Tademus encontró a Elva, una chica de la colonia de gitanos asentada cerca del bungalow, y que a través de ella fue conducido, sin entender del todo cómo, al interior del mundo de los elfos: Carcasona no como colonia de artistas sino como umbral hacia otro lado. En resumen, estamos ante una obra menor en extensión pero no en interés: dos relatos de 1919 que funcionan como documentos de un momento en que el género fantástico anglosajón estaba tomando forma, escritos por alguien que claramente influyó en ese proceso y que, sin embargo, no encaja del todo en ninguna de las etiquetas que se le han puesto después. Bennett no es Lovecraft, aunque lo anticipe. No es del todo oscura, aunque tampoco sea luminosa. Esa incomodidad con las categorías es, probablemente, lo más moderno que tiene. |
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